Con la ley de memoria histórica y con la inicua y política sentencia contra el juez Baltasar Garzón, se ha reactivado la discusión sobre el consabido tema de las dos Españas. Y yo me pregunto: en realidad, ¿son dos Españas, (una y otra), incompatibles, o es una sola España dividida en dos? La España una, dividida en dos o en veinticinco, tiene referentes comparativos en las demás naciones. ¿Cuáles son las divisiones de la España una? Quiero pensar que serían la de la izquierda y la de la derecha, la de la religión y la del ateísmo, la centralista y la federal, la europeísta y la nacionalista, la republicana y la monárquica y otras. Pero estas divisiones se dan en muchas naciones y, sin embargo, no se habla de las dos Francias o las dos Inglaterras. Entonces, ¿será que el caso de España es especial? ¿Habrá, realmente, dos Españas malamente enfrentadas? Para resolver este dilema es necesaria, precisamente, la memoria histórica; pero la memoria histórica completa, no una memoria interesadamente selectiva y, por tanto, incompleta. En mi opinión, existe la España normal, es decir, la España una y, a la vez, plural. Algunas nacionalidades españolas soportan mejor que otras la unidad en la pluralidad. La España anormal, o la España esquizofrénica, es la que llamamos dos Españas y esas Españas psicóticas y violentas fueron paridas por aquellos generales traidores, que decidieron dar un golpe de estado al Gobierno legítimo y constitucional de la República y cuyos nombres deben fijarse en la memoria histórica: José Sanjurjo, Emilio Mola, Miguel Cabanellas, Gonzalo Queipo de Llanos, Luís Orgaz y, sobre todo, Francisco Franco Bahamonde que, por fin, fue el jefe supremo de aquel golpe de estado y que hoy duerme, para vergüenza de los bien nacidos, en el Valle que, estando él, nos recuerda que no es de los caídos; sino de los asesinados. Como el Gobierno de la República Española no cedió a las demandas de los golpistas, Francisco Franco decide declarar una guerra contra el legítimo Gobierno de España, rompiendo a la nación española en las dos Españas fronterizadas por el odio fratricida. Ese golpe de estado y esa cruenta guerra civil contaron con la bendición de la iglesia católica. Quizás pocos sepan que el golpista Francisco Franco entregó su espada de la victoria al cardenal Isidro Gomá, arzobispo de Toledo y Primado de España en la iglesia de Santa Bárbara, en Madrid, el 20 de mayo de 1939. El 16 de abril del mismo año, Pío XII celebró “con inmenso gozo” en radio Vaticano el triunfo en España de la religión contra los sin Dios. Había desde luego graves problemas en la España republicana, pero ¿habría alguien de la derecha actual, incluso el ultra José Ignacio Wert, que abogara por el golpe de estado como solución? El golpista Franco tuvo la osadía de bautizar a su España traidora como bando nacional y a la España constitucional republicana como bando rojo. Hoy persisten esas dos Españas, malparidas por un golpe de estado y por una guerra civil, bajo el disfraz de una paloma azul con bandera nacional y bajo la confección de una hoz y un martillo con rosa roja y sin bandera nacional. La España esquizofrénico-franquista es la que ha asestado un durísimo golpe al juez anti franquista Baltasar Garzón. Es la actual derecha la que puede curar la esquizofrenia de las dos Españas mal paridas, reconociendo que Franco fue un golpista y, por tanto, traidor e inconstitucional hasta su muerte. La República se defendió de un golpe de estado y de una guerra civil y es cierto que también se excedió en su defensa, pero la República ni causó el golpe de estado ni la guerra civil. El golpista fue golpista y fue el autor de las dos Españas malparidas con una guerra, que algunos no quieren restaurar, intentando reprimir y olvidar la historia y, ya sabemos “dime lo que olvidas y te diré quién eres”.
lunes, 20 de febrero de 2012
HUID DE LA FORNICACIÓN
En estos días cayó en mis manos la última carta pastoral que escribió a sus católicos cordobeses D. Demetrio Fernández González, nombrado por Benedicto XVI obispo de Córdoba el 18 de febrero de 2010, que lleva como título “Huid de la fornicación”. Tengo que decir que el título ya me hizo gracia, porque, afortunadamente, hace más de treinta años que cambié la angustia por la gracia ante las declaraciones de la iglesia católica sobre el sexo. La primera gracia fue la palabra fornicación, del latín fornix que era la cueva o la bóveda donde las prostitutas romanas ejercían su profesión, como hoy la ejercen al amparo de las termas de Caracalla. Luego, la moral católica extendió el término, hasta el día de hoy, a toda relación sexual fuera del matrimonio sacramental, aunque, incluso dentro del matrimonio sacramental, hay prácticas que Agustín de Hipona (s. V), el gran constructor de la neurótica sexualidad occidental, considera fornicaciones. La gracia se volvió aún más graciosa, y también más impresionante, cuando se me ocurrió leer el contenido de la carta pastoral, es decir, la carta que escribe el pastor cordobés a sus ovejas. Como es lógico, hay cartas y cartas, pero hay algunas, que escriben papas y obispos a sus súbditos, que merecen toda la atención de un equipo de analistas, psicoanalistas, psicolingüistas, hermeneutas y algún experto más. Por ejemplo, el obispo de Córdoba divide a los usuarios del sexo en tres grupos: los solteros, para los cuales, según D. Demetrio y su iglesia, no hay lugar para el ejercicio de la sexualidad, dicho de otra forma, no son ni deben ser usuarios del sexo. Las razones son tan simples como demenciales: como el soltero y la soltera no han celebrado el sacramento del matrimonio, no pueden tener relaciones sexuales con nadie, ni tampoco masturbarse porque eso para la moral católica es un pecado, en todo caso. Luego, en el segundo grupo, están las personas casadas, que esas pueden mantener relaciones sexuales con sus cónyuges, ¡pero…!, según advierte prudentemente el obispo cordobés, “administrando sus impulsos”, nada de sexo pasional y sin método, porque se puede resbalar hacia la fornicación por menos de nada… Además, eso de que en el matrimonio se puede hacer de todo, nanai de la China. El ideal católico, desde Agustín de Hipona hasta hoy, es penetrar, depositar en el lugar adecuado no en otro, y sacar lo antes posible para provocar la procreación, que es lo único que justifica una relación sexual. El tercer grupo, que tampoco son, o no deberían ser, usuarios del sexo, lo constituyen las personas que el obispo llama ”consagradas”, es decir, curas, monjes y monjas. Este grupo, según D. Demetrio Fernández, que traduce rigurosamente la doctrina jerárquica católica, “vive su sexualidad sublimada en el amor más puro y oblativo” . Se olvidó decir que ¡todos no! Y los pederastas, ¿qué? Y los amantes furtivos ¿qué? Noten que entre o-blativo y a-blativo hay menos de un ridículo milímetro de distancia…De hecho, lo que la jerarquía católica exige que ofrezcan (o-blativo) las personas consagradas es la a-blación de su derecho sexual. Nada que ver con el mensaje de Jesús de Nazareth quien tuvo y sostuvo una actitud normal y sana sobre la sexualidad. Los católicos se han destacado siempre por enmendarle la plana al que dicen ser su Maestro. Estoy seguro que la carta pastoral del obispo de Córdoba, no la firmaría Jesús de Nazareth de ninguna manera. En realidad, muy poco de lo que la jerarquía católica dice de la sexualidad, de la creatividad y de la libertad del ser humano se parece a lo que dijo y diría el maestro de Nazareth. Pero ellos, ni caso; sino erre que erre…
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