La víspera de Navidad de 2011, a primera hora de la mañana, Sergio Correa Hernández, humorista, folklorista grancanario y cofundador de la Orden del Cachorro Canario, se fue a celebrar la Noche Buena a otro lugar, seguramente al mejor. Justo cuatro días antes, había bajado de su casa de La Solana de Utiaca hasta la Plaza de Santo Domingo, acompañado por su maravillosa mujer Margot García, donde le esperaban “cienes” de compañeros y amigos en la Casa de la Orden del Cachorro Canario, en su casa. Y es que Sergio Correa, entre otras cosas, fue uno de los principales y más fieles fundadores de la Orden del Cachorro Canario aquel 24 de abril de 1991.
Si la fe en las ideas y la perseverancia en los objetivos, son dos criterios, entre otros, con los que se mide la valía de las personas, Sergio Correa se mereció el Cachorro de Honor que el Presidente José A. Cabrera le impuso el lunes 19 de diciembre, precisamente por la perseverancia en su estilo de vida y por acompañar con alegría a la Asociación durante estos 20 años, tanto en las épocas de bonanza como en las de tormenta. Hay veces que mirar al fundador de una Institución provoca seguridad, otras veces hay fundadores que provocan temblor. Sergio Correa era fundador que provocaba seguridad y esperanza.
Varias veces le oí quejarse, dolorido, de algunos de sus compañeros fundadores “que en época de vacas flacas, se enamoran de las ubres de otras cabras” (sic). En fin, esto cabreaba mucho a Sergio Correa.
El lunes 19 todos sabíamos, él y su mujer antes que nadie, que estábamos haciendo una Despedida, aunque le llamáramos Homenaje y Concesión del Cachorro de Honor.
Sergio Correa Hernández fue un gran hombre. Esto no puede decirse de todos nosotros De algunos no se dirá nunca, porque no se lo merecen De otros, y esta es la ventaja de la muerte de un gran hombre, se podrá decir si aprenden la tremenda lección que ese gran hombre deja tras sí. Siempre se supo que la muerte de un gran hombre o la de una gran mujer, es una oportunidad de oro para que los dormidos se despierten, los corruptos se sanen y los inmerecidos comiencen a merecer.
Se enrabietaba cuando le era necesario, pero Sergio siempre fue un hombre de una rara nobleza de alma, de una más rara conciencia de la justicia y de una más rara aún conciencia de la amistad. Sergio siempre se sintió en su salsa ante los amigos sinceros, que no son todos los que se lo creen; sino los que él elegía en el secreto de su corazón, amigos como Juan Santana, Pepe Cabrera, Juan G. Valerón, Macame Pérez; pero siempre lo vi “nervioso” ante la gente cínica y crispante. Y después siempre se quejaba de no haber reventado ante esos pseudo amigos… Sergio Correa fue un hombre controlado y profundamente respetuoso en su desbordante simpatía, que irrumpía con sus chistes en el corro de unos amigos, creando un ambiente afectivo social envidiable. Sergio fue un hombre de quien admiré su sencillez, su transparencia, su humor siempre arriba y su cálida forma de abrazar y de besar a la gente que quería, lo cual dice mucho de un ser humano, especialmente si es hombre.
Sergio se despidió de sus compañeros y amigos en la Orden del Cachorro Canario. Cuando el Presidente José A. Cabrera, íntimo amigo suyo y también cofundador de la Orden del Cachorro Canario, le pidió si quería decir algo, entonces, ante el asombro de todos se descolgó con un chiste, con el que anunciaba su inminente ida:
“Había un hombre muy malito en cama, muriéndose. De repente empezó a sentir un olor exquisito, maravilloso. Y el hombre se puso a oler moviendo las narices con la intención de descubrir de dónde venía ese olor tan excitante. Tan intenso fue ese olor que el hombre, como pudo, se bajó de la cama y a cuatro patas fue husmeando como un perrito para conseguir saber de donde venía el olor. Por fin, vio que venía de la cocina, donde su mujer estaba trajiniando. Entró gateando en ella y vio una bandeja de empanadillas recién hechas y humeantes en la mesa. Se acercó y, siguiendo a cuatro patas, elevó la mano y cogió una empanadilla. Al instante se oyó el golpe sobre su mano de una espumadera y su mujer que gritó ¡QUIETO, QUE ESAS SON PARA EL VELATORIO!
Ese era el gran hombre Sergio Correa Hernández, envidiado por los hombres chicos, que se fue calladito la víspera de Navidad, contento y seguro. ¡Gracias y enhorabuena, Sergio, por haberte ido tan bien, quiero decir, en la mejor fecha, en los brazos de Margot, en ese lugar tan maravilloso que es La Solana de Utiaca, con tu Cachorro de Honor puesto y con el amor de tantos amigos que saltaron de emoción cuando se enteraron de tu muerte.
Volveremos a contactar más pronto que tarde ¡Hasta siempre amigo del alma!
jueves, 5 de enero de 2012
AÑO NUEVO, VIDA NUEVA
Quizás en este año 2012 necesitemos, más que nunca, que se cumpla aquel dicho tan popular año nuevo, vida nueva. Nos avisan de todos lados que este año viene envenenado: dicen que traerá más paro y más pobreza, más sufrimiento; dicen que traerá más injusticia, más desigualdad y, por tanto, más rabia acumulada y más desesperación; dicen que traerá menos salud y menos educación públicas; en definitiva, dicen que 2012 será peor que 2011. Sin embargo, una lucecita me parece entrever, una llamita que aviva la esperanza de una gran hoguera. Me refiero a que cada vez parece haber más gente que se une en un diagnóstico consensuado y distinto de la crisis. Está costando mucho llegar a un certero diagnóstico consensuado universalmente, porque desde hace siglos y hasta el presente, los diagnosticadores de la sociedad han sido los banqueros y los políticos, para quienes no existe otra enfermedad que la económico-financiera. Todavía causa pena el recuerdo de aquel esperpéntico debate parlamentario en el que Zapatero negaba la enfermedad económico-financiera y Rajoy la afirmaba. Ambos haciendo gala de su torpeza, superficialidad y parcialidad, confundían el síntoma con el síndrome, mirando con imbecilidad política al dedo, cuando se les señalaba la luna. Los políticos y los banqueros siguen diagnosticando la situación como crisis económico-financiera. Es como si un neumólogo diagnosticara una enfermedad pulmonar como tos y prescribiera un antitúsico, pero no captara la neumonía de fondo, que es la causa de la tos. El Gobierno Rajoy accede al poder con el mismo diagnóstico que tenía en la Oposición: la crisis es económico-financiera. Seguimos en manos de torpes y falsos diagnosticadores. Sin embargo, observo que cada vez hay más gente que concuerda en el diagnóstico de crisis de injusticia social o crisis de desigualdad social. Esta es la lucecita o pequeñísima llama que observo, aunque aún muy a lo lejos. Los síntomas y los signos son aquellos fenómenos superficiales, subjetivos y objetivos, que nos conducen a un certero diagnóstico de profundidad, nos llevan al descubrimiento de un síndrome. En la crítica situación social actual se observan síntomas y signos muy claros. El nivel de pobreza, de indigencia, de gente sin techo ha aumentado alarmantemente. Coincidentemente ha aumentado, hasta más de cinco millones, el número de desempleados. Son muchos cientos de miles las personas que se han quedado sin hogar al no poder pagar sus hipotecas. Son muchos miles de jóvenes que han tenido que recular en sus proyectos académico-laborales por ruina económica. Las filas de familias en busca de comida en las Organizaciones Sociales se hacen insostenibles. Pero también se observa un síntoma-signo muy positivo: se trata del aumento de la solidaridad social. Cada vez aparece más gente solidaria, capaces de compartir su pan y de salir en busca de los más necesitados. Agarrándonos a todos estos síntomas y signos, llegamos a un diagnóstico de fondo: hay un síndrome de injusticia social o desigualdad social. Esto quiere decir que la humanidad no está radicalmente convencida de la absoluta igualdad de todos los seres humanos, en su inconsciente colectivo la humanidad cree en la desigualdad y en lo correcto de la injusticia social. La ciencia se ha cansado de decir que recursos y dinero hay para todos. La cuestión es que el reparto se hace desde el síndrome de la injusticia social o de la desigualdad, que, desde el inconsciente colectivo, trae enferma a toda la humanidad, sin posibilidad de curarse, mientras políticos y banqueros sigan creyendo que la enfermedad es la tos de la recesión económica, y anden como locos buscando fórmulas magistrales para un buen antitúsico. Pocos caen en la cuenta de que estamos enfermos de un cáncer muy maligno: la injusta desigualdad. ¡Pero, gracias a Dios, cada vez hay más gente que quiere superarlo!
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